intolerancias

La vida, que es impredecible y bella a partes iguales, me vuelve a fascinar con lo que, siendo quien soy, podría parecer una paradoja. Pero no lo es. Tras meses (¿años?) de vivir con un cuadro de síntomas que yo no alcanzaba a hilar, vi la luz gracias a mi hija Paula, una joven de 15 años con espíritu científico y equipada de serie con una asombrosa inteligencia emocional. Fue ella quien me sugirió que tenía que haber algo raro que fallaba en mi salud porque ella veía que mi estilo de vida era bastante sano y, en cualquier caso, nada había cambiado que explicase mi malestar.

Así que, derivada por mi amada adolescente, consulté una internista. Tras varias semanas de pruebas médicas de todo tipo, la especialista me acaba de diagnosticar una histaminosis o intolerancia alimentaria no alérgica, que explica uno por uno todos mis síntomas. Mi cuerpo ha desarrollado intolerancia a una serie de alimentos y cada vez que los he estado comiendo ha respondido generando una gran cantidad de histaminas, que actúan como toxinas que se han ido acumulando en distintas partes de mi cuerpo, desde el cerebro hasta el sistema digestivo o endocrino, alterando su normal funcionamiento. El tratamiento es la exclusión de los alimentos que causan la intolerancia con la esperanza de poder volver a incluir alguno, una vez mi organismo vuelva al redil.

En mi caso debo cambiar radicalmente mi alimentación y eliminar alimentos tan omnipresentes en mi vida como el trigo, la avena, el arroz, la leche de vaca y sus amigos mamíferos, el pollo y todos sus colegas con plumas y el cerdo. Adiós jamón, adiós. Para hacerlo todavía más divertido, los vinos que mariden mi nueva alimentación deben ser sin sulfitos. Hola, bancarrota.

Y he decido no solo hacerlo, sino hacerlo bien y además divertirme en el proceso. Conocéis mi locuela afición a la comida y mi búsqueda constante de lugares o productos especiales que me hacen feliz para compartirlos en este blog. Bien, ahora además de hablaros de los sitios que más me gustan os voy a contar si esos lugares ofrecen ayuda a las personas con intolerancias. También voy a contaros los productos que uso en casa para cocinar y los que echo al bolso cada mañana para no pasar hambre cuando estoy trabajando o viajando. Ya he tenido la experiencia de intentar repostar energía a media mañana en el coffee break de un congreso en el que estoy y ha sido la travesía del desierto. Ya no me pasa más, voy con el bolso repleto de comida, cual cachetes de hásmter,

Llevo varios días leyendo sobre intolerancias alimenticias. Ya he hecho mi primera compra de productos de sustitución en una gran superficie (a un coste un 25% mayor que el alimento excluido, esto es una ruina). Tengo a mis seres queridos a mi lado, me entienden (al menos en esto de la comida) y me apoyan (también me toman mucho el pelo pero es señal de que estamos normalizando el asunto). He concertado una cita con una nutricionista para que me ayude a hacerlo bien. Y aunque ya he tenido un par de experiencias algo frustrantes en lugares en los que no he podido comer nada, afronto esto con optimismo. Me siento preparada, Os iré contando cómo intento seguir siendo feliz con la comida que amo y que me ama.